martes, 24 de agosto de 2010

De Gris poco le queda.


Quiero una playa con muchas rocassssssssss! Para despegar de cada una de ellas como una gaviota intentando mirar más allá del horizonte.
Si algún día me demostraste que mi utopía se había desvanecido, déjame decirte que lo olvidé. Olvidé tu triste condena, tu máscara pintada de rojo, y con ello desaparecieron todos los recuerdos de las caminatas silenciosas.
Las espadas son simples ilusiones capaces de cortar el aire viciado.
No te imaginas cuánto me alegra que ya no me importe, porque mi utopía revivió, pero ahora es de otro color, un color mucho más feliz, un color mucho más real, un color con sabor a plenitud y esencia de naranja. Algo que jamás entenderás...

Mientras se trate de ser, podré seguir caminando con la vista al frente, quizás nunca haya una mano compañera, pero siempre habrá alguien compartiéndome sus pensamientos. Si te dije que podía esperar, no mentí, sólo recuerda que en ningún momento especifiqué qué era lo que esperaría.
¡Y ahora entiendo tantas cosas! Que las gaviotas me prestan sus alas para cruzar océanos. Si decidí poner mi reloj en reversa no fue para recordar ni para revivir situaciones muertas, sino para volver a empezar, como las reencarnaciones budistas.
Si nunca vi la luz sobre tu hombro izquierdo es porque esa luz se encuentra a un par de años en el futuro (en un hombro izquierdo distinto).
Si nunca quise caminar por el muelle fue porque al final no me esperaban las sirenas que me llevarían a los castillos submarinos. ¿Y ahora? Ahora no necesito sirenas. Ahora no necesito nadar. Ahora puedo volar con las alas de las gaviotas, sobrepasando los límites de la conciencia, de la imaginación colectiva incapaz de apreciar la vida detrás del horizonte.
Ahora puedo caminar sobre las nubes y caer por las cascadas, sumergirme en la espuma de la satisfacción y sonreir sólo por el hecho de sentir, de saber que siempre hay algo de lo que pueda asombrarme.

Mar, espérame.